No aguanto a mi cuñado, pero ahí está, tan pijo y relamido como siempre, con sus vaqueros de marca, su bléiser azul de botones dorados, su camisa Ives rosa y el pelo engominado pegado al cráneo y rematado en el cogote con un remolino agitanado. Lo oigo hablar de la cuenta de resultados del banco en que trabaja apabullando al infeliz de Bienvenido, mi otro cuñado, profesor de filosofía de instituto, un verdadero petimetre con gafas de pasta y aspectode sindicalista, que intenta aparentar estoicismo ante el despliegue de Jorge, que como todos los años lo tiene contra las cuerdas. Los tres tenemos en las manos sendas copas de un carísimo Rioja, cortesía de un cliente del banco, que paladeamos con desigual fortuna. Jorge, que se las da de experto somelier, lo removió en su copa, lo miró al trasluz, lo olfateó y, como si hubiese concluido algo especial con esta operación, lo paladeó extasiado. Según él, había algo de sabor a guinda y a fruta negra en el caldo, a lo que Bienvenido asintió antes de sorberlo como el que bebe gaseosa. Yo no dije nada y Jorge respetó mi silencio por temor a mis ironías, que solían desarmarlo.
Mientras, mis dos hermanas cuarentonas, discutían como niñas, en este caso por la disposición de los cubiertos alrededor de los platos. Mamá había sacado su vajilla francesa de borde dorado que heredó de la abuela y solo se utilizaba en las grandes ocasiones, y la cubertería de plata que era el motivo de la disputa. Siempre pensé que Flor envidiaba secretamente la boda que Trini había hecho con Jorge y que le permitía vivir holgadamente sin trabajar mientras ella ejercía de triste administrativa en el ayuntamiento y cohabitaba con su Bienve, como ella lo llamaba, con el que nunca había conseguido tener hijos. Uno de mis sobrinos, el mayor, que ya debía tener al menos diez años, se me acercó con una bandeja de canapés que Trini había encargado a un catering de los caros. Estudié el surtido unos instantes, me decidí por uno que estaba cubierto por algo que debía ser sucedáneo de caviar y me lo metí en la boca entero. Estaba bueno. Jorge aprovechó para decir que los habían encargado en Lepanto -lo más de lo más-.
Mientras, mamá, ya arreglada, corría como era su costumbre, de un lado a otro terminando de dar los últimos toques a la mesa que se me figuraba, desplegada en mitad del salón, un lujoso Titanic a punto de naufragar, como todas las nochebuenas, en cuanto la familia lo abordase. Todas sus iras iban dirigidas contra mi padre que con aire ausente estaba sentado delante del televisor viendo el telediario. Detestaba las fiestas y que en la casa hubiese tanto bullicio y se encargaba con su actitud de dejarlo patente. Mis sobrinos, vestidos ambos de internos de colegio privado inglés, correteaban ahora alrededor del árbol artificial de navidad que se elevaba imponente cuajado de bolas policromadas y figuritas de renos y papanoeles entre brillos de serpentinas doradas y luces sincopadas y multicolores. Poco más allá mamá estaba montado el eterno Belén, que yo conocía desde que era un crío, con papel de embalar arrugado, serrín y musgo, casitas de corcho, río de papel de aluminio y un tropel de camellos y reyes, pastorcillos, ocas, ovejas, cerdos, asnos y demás bestias que confluían sobre el portal. A los niños les hace ilusión, decía todos los años mientras mi padre protestaba porque ocupara una de las mesas del salón.
Olía a marisco y consultando la hora dejé mi copa y me dirigí a la cocina para preparar la ternera a la mostaza que yo mismo había cocinado. La puse sobre la tabla y la fui cortando con el afilado cuchillo, loncha a loncha, con meticulosidad de cirujano, sabiendo que este año nadie podría superarme a pesar de los canapés de Lepanto y el cóctel de langostinos, que Flor se esmeraba en preparar en una serie de copas, con lechuga y salsa rosa, al coñac, como ella decía. Oí en el salón a mis sobrinos peleando como solían y a mamá gritando a mi padre que los entretuviera mientras ella terminaba de preparar la mesa. Mi padre por supuesto no se movió de su sillón y al momento tuve a mi madre a mi lado quejándose de él. Ni sus nietos le importan, imagínate yo que llevo una semana deslomada preparándolo todo sin que él mueva un dedo. Estoy cada vez más convencida de que está perdiendo la cabeza, concluyó, mientras yo, sin escuchar, me concentraba en las lonchas de carne que iba disponiendo apaisadas sobre una de las fuentes de borde de oro.
Trini, con un vestido ridículo de Ágata Ruiz de la Prada que la hacía el doble de gorda, estaba ahora concentrada en cortar turrón en daditos para después de la cena mientras Flor, de Zara, seguía con los langostinos pelados cuyos cuerpos cocidos y curvos rebasaban como garfios los bordes de las copas que poco a poco iban cobrando un aspecto inquietante. ¡Bienve!, gritó pidiendo ayuda al pisaverde de su marido que con esa excusa pudo escapar de Jorge que seguía con su charla interminable. Uno de los niños berreaba a lo lejos ante la indiferencia de su abuelo que como toda ayuda había optado por subir el volumen de la tele. Puse a calentar la salsa de la carne en el microondas y después la vertí en una salsera. Todo estaba a punto.
Diez minutos después estábamos sentados alrededor de la mesa ambientados con los villancicos clásicos de un CD que a mamá le habían regalado con el periódico. Jorge abrió una botella de blanco al son de “Hacia Belén va una burra, rin, rin” y tras el aperitivo todos nos concentramos en los cócteles de langostinos. Los niños se negaban a comer nada. ¡Pizza!, exigía el pequeño mientras su madre insistía en que probara el marisco. Mi padre tomó la palabra para declarar que la salsa rosa sabía rara. Será el coñac, dijo Trini dispuesta a incordiar a Flor. Mamá, no dejaba de ir y venir a la cocina a cambiar platos, a poner una pizza en el horno para sus nietos o a por el salero, mientras todos insistían en que se quedara sentada. Bienvenido ensayó un par de chistes malos de profesor ante la indiferencia general. Jorge, algo chispado, al saber que yo seguía sin novia ironizó sobre mi condición sexual. Yo sonreí, no estaba dispuesto a entrar al trapo a ninguna de las trampas habituales de aquella cena cuyas conversaciones funcionaban como un campo de minas, nunca podías estar seguro de cuál iba a desencadenar la bronca de todos los años. Mi padre con cara de asco apartó ostensiblemente el cóctel y se contentó con picar algo de jamón de pata negra y queso manchego del catering de Trini. ¡Anda, ríe, bebe, que hoy es Nochebuena, y en estos momentos no hay que tener pena…!, animaba el CD. El rey salía por la tele y el árbol centelleaba. Ninguna conversación había conseguido cuajar hasta el momento, solo comentarios sobre la comida, puyas y el runrún de los niños que acaparaba la atención de su madre disfrazada de payasa.
Los cócteles pasaron sin pena ni gloria y mamá y mis hermanas se aprestaron a retirar las copas y a traer la carne, el plato fuerte de la noche. Mi padre, lo conocía demasiado bien, estaba deseoso de hincarle el diente a algo contundente y no a las chorradas habituales. Por fin se acercaba mi momento. Mamá puso la fuente humeante en el centro de la mesa y Flor las dos salseras que perfumaron el ambiente. ¿Cuándo viene Papa Noel?, preguntó Javier, el pequeño. A las doce, contestó su padre que solía lucirse con un disfraz y una barba postiza. Todavía falta un rato cariño, añadió Trini. La carne fue distribuida y Jorge abrió otra botella de tinto. Mi padre se sirvió un par de cucharadas de salsa con las que regó la carne y tras masticarla con parsimonia dijo que a pesar de que estaba demasiado hecha se podía comer. Yo seguí impertérrito, sabía que aquello quería decir que le gustaba. Todos, hasta los niños, comieron emitiendo gruñidos de satisfacción. Un éxito. Mis sobrinos por fin callaron. Mi padre no volvió a decir nada tras servirse un par de veces. Mi madre fue a la cocina a por algo pero no volvió. Flor apenas tuvo tiempo de preguntar la receta antes de estrellar la cara en el plato que salpicó salsa sobre el inmaculado mantel bordado. Bienve, el lechuguino de Bienve, me miró con un destello de comprensión antes de poner los ojos en blanco, inclinarse de lado y derrumbarse sobre Trini, que a su vez cayó de la silla al suelo quedando despatarrada dentro de su vestido de firma. Jorge, bastante chispado, miró todavía sonriente a su mujer antes de levantarse alarmado. Al segundo retrocedió un paso y abrazándose al árbol de navidad se desplomó enredado en bolas, luces y guirnaldas sobre la mesa del Belén que saltó por los aires. “…y vuelven a beber, los peces en el río por ver a Dios nacer…”, cantó el compact.
Me levanto, lo apago y el silencio se hace por fin. El veneno ha hecho el efecto que yo esperaba, rápido e indoloro. Me siento ante el televisor y selecciono un canal en que actúa un dúo cómico que llega a arrancarme alguna sonrisa. La familia está por fin tranquila. Al poco, me sobresalta un sonido en el exterior, como un campanilleo. Me levanto, me acerco a la puerta de la calle y oigo que hay alguien al otro lado. De pronto suena esa risa estúpida e impostada, jojojó, y sé que aún me queda algo por hacer; yo siempre he sido más de Reyes Magos. Corro a la cocina, vuelvo y abro el pestillo, me escondo tras la puerta, levanto el brazo y empuño con fuerza el cuchillo de carne.