El arte de cargar piedras

La piedra es grande y redondeada, suave en algunas zonas y afilada en otras, oscura y muy pesada. No estoy seguro de dónde la encontré ni en que momento cargué con ella, pero hace años que siempre la llevo conmigo. Y ahora que por primera vez la he dejado en el suelo no consigo alejarme de ella. La gente pasa a mi lado mirándome de reojo y yo me siento inseguro pero liviano. Se me escapa una risita nerviosa. Doy unos pasos a su alrededor sin perderla de vista, tentado en cada momento de volver a cogerla, pero una parte de mí se resiste a hacerlo. Me alejo y me parece que casi podría volar si salto lo suficiente. Vuelvo a su lado, la acaricio y me siento sobre ella para reflexionar. No ha sido fácil acarrear algo tan voluminoso todo este tiempo pero lo cierto es que desarrollé algunas técnicas para hacerlo de las que me siento particularmente orgulloso.

El arte de cargar piedras se basa sobre todo en no admitir nunca lo pesadas que son. Se trata de ir repartiendo su peso sobre diferentes zonas del cuerpo sin forzar demasiado ninguna de ellas. Por ejemplo, para caminar por la calle acostumbro a alternarla sobre los hombros, pero si quiero tener una mano libre para llamar por teléfono o tomar una taza de café la sujeto bajo el brazo. Si estoy sentado la apoyo sobre las piernas y a veces la sostengo ante mí con las manos entrelazadas. Hubo una temporada en que solía transportarla sobre la espalda, pero aquella postura me obligaba a encorvarme, lo cual no es nada airoso, y es que otro de los secretos de la disciplina consiste en hacerlo con elegancia, la cual se basa en que los demás no sólo no noten el esfuerzo que realizas, sino que ni siquiera adviertan la propia roca que debe confundirse con el cuerpo o la vestimenta.

Alguien se acerca y me pregunta si me encuentro bien. Yo alzo la mirada un poco avergonzado y le contesto que sí, que tan sólo se me ha desatado el cordón de un zapato, y para apoyar mi mentira simulo atarlo con brío. No puedo seguir en este sitio más tiempo, me expongo a que me vea alguien conocido. Me incorporo, me agacho, alzo el pedrusco con soltura y camino con él sobre el hombro hasta un solitario parque cercano en el que tan sólo diviso a un viejo sentado en un banco. En cuanto compruebo que nadie me mira dejo caer mi carga y esta se incrusta en el césped, más sólida que nunca. Juego mentalmente con la idea de dar la vuelta y dejarla allí tirado, pero no es tan fácil abandonar algo que ha sido parte de tu propia historia. A la piedra he de agradecerle el hecho de haberme convertido en un hombre. Sostenerla siempre me dio la medida de mis fuerzas, de la tenacidad necesaria para bregar con ella todo el día. De hecho, con frecuencia me he sentido orgulloso de mi capacidad para soportar su peso. Presumía pasándola de una mano a otra delante de los demás, notando como mis músculos se tensaban, convencido de que no había nada mejor en el mundo que aquellos alardes. Era mi piedra, la que sostenía desde hacía décadas, la que veía cada mañana sobre la mesita de noche al despertar y que siempre me acompañaba, pero ahora la veo tirada a mis pies y dudo si vale la pena continuar con el esfuerzo.

«Juego mentalmente con la idea de dar la vuelta y dejarla allí tirado, pero no es tan fácil abandonar algo que ha sido parte de tu propia historia»

Tomo asiento junto al viejo en el banco y lo miro como si quisiera encontrar en él una respuesta. Está doblado sobre su bastón y le tiemblan las manos. Siento lástima, y es que la vida pasa volando. Recuerdo cuando conocí a mi mujer, ella siempre se sorprendió del tamaño de la roca y admiraba mi capacidad para llevarla como si nada. Fue la primera persona a la que dejé tocarla. Un día, sin pedirme permiso, se acercó, alargó los brazos y acarició su superficie pulida con sus manos blancas. Yo me quedé paralizado, sin saber cómo reaccionar mientras ella recorría sus formas y se maravillaba de su volumen y su densidad. Después me miró a los ojos y descubrí en ellos una promesa. Ella ha sido la única persona que ha entendido de verdad mi esfuerzo, que por las noches, abrazada a mí, ha conseguido que me enorgulleciera de su silenciosa presencia, la única a la que he permitido en alguna ocasión ayudarme a levantarla. Ahora sin embargo no estoy seguro de qué parte de su amor por mí se deba a ella, a la piedra, que con su inmovilidad parece estar retándome. Un pájaro se posa sobre su opaca superficie y da un par de saltitos nerviosos antes de volver a alzar el vuelo y perderse entre los árboles cercanos.

   El anciano se levanta en silencio y se aleja torcido. Lo miro mientras arrastra los pies por el camino de tierra y reflexiono acerca del momento en que comencé a sentir que me fallaban las fuerzas y cada día se me hacía más penoso cargar con la piedra allá donde fuese. Sus proporciones y su consistencia, que tan bien conocía parecieron alterarse, como si su tamaño o su peso hubiesen aumentado. Durante un tiempo simulé que todo iba bien, igual que siempre, y me esforzaba en exhibir mis energías, pero en cuanto me quedaba a solas estas se esfumaban, mis brazos perdían su vigor y solo pensaba en rendirme y dejarla en el suelo. Acudí a un especialista y tras algunos análisis me dijo que no me ocurría nada. También la examinó a ella y aseguró que era normal, un adoquín como cualquier otro, quizá algo abultado pero nada que no pudiera aguantar. Yo asentía, pero sabía que algo había cambiado.

Comencé a fijarme en la gente que me rodeaba y en los cantos con los que muchos de ellos se afanaban tal y como yo hacía. A veces tan sólo unos guijarros que abultaban en los bolsillos de sus ropas, otras, pedruscos pardos que llevaban cogidos en la mano y con frecuencia rocas tan grandes como la mía e incluso mayores trasportadas por hombres y mujeres de todas las edades. Descubrí que no era raro ver parejas o familias enteras que acarreaban entre todos un gran peñasco y una vez vi un hombre tirado en la acera en plena calle bajo una peña enorme cuyo peso lo había vencido. Los había que las llevaban con soltura, otros sin embargo se resentían por el esfuerzo y bufaban a cada paso. Gestos de resignación, de orgullo y de sufrimiento. No entendía cómo no me había fijado antes en todo ello cuando ahora no podía dejar de verlo. Parecía haber una piedra acorde a las fuerzas de cada persona y la medida de las mías estaba a mis pies, densa, grávida, muda, reclamándome con su sola presencia, magnética.

No sé de dónde saco el coraje, pero me levanto y sin atreverme a volver atrás la mirada, comienzo a caminar por el sendero que sale del parque, con miedo al principio, pero a cada paso más ligero y desahogado. Llego a la calle y me deslizo liviano entre la gente. No puedo creer mi propia osadía. Me embargan sucesivamente la culpa y la euforia. Salto y corro liberado como un niño ante los gestos de alarma de los transeúntes y siento que necesito compartir estos sentimientos. Llego a casa y me siento sin resuello pero todavía exaltado en el sofá. Al poco oigo la puerta de la calle cerrarse y la voz de mi mujer que dice mi nombre; me recorre un escalofrío. Se acerca a mí y tras besarme en los labios parece confundida. Yo sé que ya se ha dado cuenta y la miro a los ojos buscando su aprobación o al menos su entendimiento. Ella mira a su alrededor, bajo los cojines y debajo de la mesa sin dar con lo que está buscando. No hacen falta palabras, sabe lo que ha pasado y apretando los labios sale de la habitación hacia el dormitorio. La sigo y la encuentro tumbada bocabajo en la cama llorando. De nada sirven mis explicaciones ni mis ruegos, no quiere ni mirarme a la cara y entonces comprendo lo que acabo de hacer: le he fallado, peor, me he traicionado a mí mismo deslumbrado por una quimera. No hay excusa para mis acciones y mientras bajo atropelladamente las escaleras y corro de vuelta al parque, suplico que no sea demasiado tarde y que la piedra aún siga donde la dejé.

José Melero Martín.

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