El hombre de arena

Hace ya quince minutos que debería haber pasado el autobús, pero nada, ni rastro, y con el atasco que hay terminaré llegando tarde al trabajo otra vez. Hace un día horrible, está lloviznando y la gente se arrebuja en sus abrigos y camina bajo sus paraguas. Cada vez que llueve el tráfico se pone imposible. El ayuntamiento nos dice que usemos el transporte público pero el autobús no llega y yo tendré que gastarme el dinero en un taxi. Me indigno, y es que la vida en la ciudad cada vez es más desagradable. Cada uno va a lo suyo y todo son prisas, pero a mí cada vez me cuesta más llegar a tiempo al trabajo y es que los últimos meses han sido muy duros.

Creo que todo comenzó a complicarse justo después de las vacaciones de verano –Marcia y yo habíamos pasado una semana en Benidorm- Hacía pocos días que había vuelto a la oficina y cuando llego a casa por la tarde, al desnudarme, me encuentro los zapatos llenos de arena. Fue algo chocante. Volqué uno de ellos y vi como caía un hilillo de partículas amarillentas que se esparció por el suelo. Me acordé del verano, me puse las zapatillas y el pijama y me fui a cenar. Lo curioso fue que por la mañana también había arena entre las sábanas. Las sacudí y me metí en la ducha pensando que Marcia se pondría hecha una fiera cuando viera todo el suelo lleno de tierra. No es que este asunto tuviese importancia, pero lo cierto es que en pocos días me acostumbré a tener que vaciar mis zapatos unas cuantas veces al día. La notaba acumularse hasta que me molestaba para andar y entonces paraba y al volcar el calzado veía ese pequeño reguero de polvo dorado que caía al suelo. Fue por entonces cuando tuve la tortícolis, una contractura que me dejó el cuello de una pieza y que aunque no era dolorosa me impedía moverlo. En el trabajo cada vez que quería mirar a alguien tenía que girar todo el cuerpo. Muy incómodo.

Ya no puedo esperar más, aunque el autobús apareciese en este mismo momento ya no llegaría a tiempo. Me alejo unos pasos de la parada y levanto el brazo para llamar a un taxi que veo acercarse, pero está ocupado y pasa a mi lado si detenerse ¡Maldita sea! Al momento veo otro pero ocurre lo mismo y me quedo con el brazo en alto como un pasmarote mientras que los de la parada me observan, seguramente alegrándose de que yo tampoco tenga escapatoria. Les miro de reojo ya que no puedo girar la cabeza y recuerdo el episodio de los brazos. Poco después de lo del cuello, fui notando como cada vez me costaba más doblarlos y estirarlos y en poco tiempo la rigidez fue extendiéndose hasta que las manos se me quedaron agarrotadas. Quizás lo más chocante fue el incidente del gato. Tenía a Michi sobre las piernas y lo acariciaba como todas las noches después de cenar y de pronto noté un crujido y vi cómo la cabeza le caía lacia a un lado. Intenté hacerlo reaccionar pero el animal estaba muerto: sin querer le había roto el cuello con mis zarpas. Menos mal que Marcía estaba a sus cosas y yo pude en un momento escabullirme, meterlo en una bolsa y aprovechar que bajaba la basura para dejarlo en el contenedor. Marcia lo echó a faltar al día siguiente pero terminó pensando que se había escapado. ¡Pobre!, cómo lloró por su querido gato. Por la mañana casi no tuve tiempo de pensar en el asunto hasta que después de almorzar, en el baño, me di cuenta de que no sólo tenía las manos rígidas, sino que algunos de los dedos estaban claramente petrificados, hechos de una piedra arenosa que si se rascaba un poco desprendía un polvo fino muy parecido al que aparecía en mis zapatos y en la cama. Sólo lograba moverlas con un gran esfuerzo. Era muy frustrante y me preocupé porque si seguía así terminaría por no poder manejar el ordenador de la oficina, aunque por ahora me apañaba utilizando un par de dedos.

Y aquí sigo con la mano alzada sin que nadie se digne a llevarme. No puedo llegar otra vez tarde al trabajo y, con este atasco, el autobús sigue sin aparecer. Veo que se acerca otro taxi pero, aunque el conductor cruza la mirada conmigo y va libre, tampoco se detiene. No puedo llegar tarde otra vez.

Después de las manos, apenas hace unas semanas, fue el resto del cuerpo. Me sentía cada vez más rígido, curiosamente no me dolía nada, pero una mañana tras ducharme me vi reflejado en el espejo del baño y no pude evitar darme cuenta de que el proceso que había convertido mis brazos en piedra arenosa, se extendía irremisible a lo largo del pecho y el vientre hasta llegar a las piernas que comenzaban a adquirir, igual que el resto, esa textura de sílice a la que ya me había acostumbrado. Por fortuna, cuando estaba vestido, casi no se notaba y lograba andar casi con naturalidad, lo malo era sentarse, ya que flexionar las rodillas requería cierta dosis de habilidad y esfuerzo que, sobre todo en el trabajo, tenía que disimular con sonrisas que después también tardaba en poder borrar del rostro. Sin embargo, en los momentos en los que camino por la calle o estoy en la intimidad de mi casa, me doy cuenta de hasta dónde ha llegado mi rigidez, sobre todo por las noches en las que literalmente me dejo caer en la cama como un tronco ya que no me quedan fuerzas para doblar ni una sola articulación más. Marcía dice que me ve un poco tenso y que debería hacer algo de deporte.

Parece que no es posible escapar de la trampa en la que estamos retenidos los que esperamos al autobús. La mayoría de los taxis van ocupados y los que no, siguen su camino. Veo como una señora mayor que lleva una niña pequeña agarrada de cada mano –seguramente sus nietas- se me acerca. Pienso que va a decirme algo, pero no hace más que quedarse parada delante de mí mientras las dos niñas me miran fijamente. Espero para ver qué quieren pero tan sólo se limitan a mirarme hasta que opto por ignorarlas: su impertinencia me parece increíble. Una de las niñas parece asustada, pero la otra se acerca a mí y me tira del pantalón. Yo no le hago ni caso intentando en vano que algún taxi se apiade de mí. Por fin la señora y las niñas siguen su camino y yo respiro aliviado y me indigno pensando en lo mal que educa la gente a sus hijos. Y es que este mundo va de mal en peor.

Después de que al resto del cuerpo le siguieran mis piernas, pasaron un par de cosas bastante desagradables casi simultáneamente. Una mañana al levantarme, mientras me aseaba, descubrí que no tenía las orejas en su sitio. Me alarmé mucho, volví corriendo al dormitorio intentando no despertar a Marcia y las encontré debajo de la almohada; al parecer se me habían desprendido mientras dormía. Imaginé la escena que se habría montado si ella llega a descubrirlas antes que yo, ya que, aunque en general tiene buen carácter, seguro que aquello no le habría hecho ninguna gracia. Guardé las orejas de arenisca en mi maleta del trabajo y me peiné de manera que no se notara demasiado, aunque desde aquel día tuve que renunciar a mis gafas de ver. Pero aún más desconcertante fue lo que ocurrió un par de días después en el trabajo. Noté como algo se deslizaba por el pernil del pantalón hasta caer al suelo a mis pies. Pensé que tenía un agujero en uno de los bolsillos, pero cuando conseguí con todo mi esfuerzo agacharme a recoger lo que creía unas llaves me encontré con mi pene petrificado en las manos: muy decepcionante, como la colilla de un puro de esos que dan en las bodas. Me lo metí en el bolsillo y pensé aliviado que al menos Marcia tardaría en darse cuenta ya que nuestra vida sexual tampoco es que fuese demasiado apasionada. Llegado el momento ya vería como salir del paso.

Dos turistas japonesas se han detenido delante de mí y se me quedan mirando igual que la abuela y sus nietas. No les hago caso y sigo concentrado en el tráfico. Al cabo de un momento se me acerca una de ellas y la otra sin ni siquiera preguntarme nos hace una foto. Después cambian y es la fotógrafa la que posa junto a mí. Voy a decirles lo que se merecen pero antes de que tenga tiempo se agachan y dejan caer delante de mí en el suelo unas monedas antes de alejarse las dos juntas bajo un paraguas de plástico rosa. ¡Estúpidos extranjeros! En ese momento veo como se acerca por fin el autobús y en vista de mi fracaso me decido a sumarme de nuevo al grupo de los que esperan bajo la marquesina, pero el brazo que tengo levantado se niega a responder y permanece erguido sin que pueda remediarlo. Da igual, una vez dentro puedo utilizarlo para cogerme de la barra, pero mis piernas tampoco responden. La gente va subiendo al vehículo mientras yo sigo bajo la lluvia intentando moverme sin conseguirlo, sólo puedo mirar de reojo, pero el resto de mi cuerpo es como un bloque sólido. Las puertas se cierran y el transporte emprende su marcha mientras yo me quedo plantado con un brazo tieso y el maletín, que todavía contiene mis orejas y mi pene petrificados, en la otra mano. Al rato deja de llover. Se me posa un pájaro en un hombro. La gente circula a mi alrededor. De vez en cuando se forman corros y muchos se fotografían delante de mí. Las monedas van amontonándose a mis pies. Un perro se me acerca con aviesas intenciones. El tráfico decrece. Vuelve a llover y vuelve a escampar. Más fotos. Bromas de chicas guapas que intentan que reaccione sin conseguirlo. Atardece. Se hace de noche. La calle se vacía de gente. Marcia se va a poner hecha una fiera.

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